Quemaría un Starbucks por ti.

Deberías deponer tu actitud, tanta resistencia pacífica me está provocando disturbios en la corriente sanguínea y los tipos de interés escasos que muestras no hacen por paliar la deuda hormonal establecida. La prima de riesgo es demasiado fría, y necesito tu calor para incendiar los contenedores de la ciudad, y que sus llamas iluminen nuestro amor. No hay cajero automático que pueda contenernos. Protagonicemos actos vandálicos en mi cama.

Quemaría DOS Starbucks. Uno por ti, otro por la resistencia pacífica.

No hay antidisturbios capaz de disolver esta manifestación espontánea: Mi entrepierna necesita de tu vandalismo, and a seven nation army couldn’t hold me back. Tengo todo un dispositivo preparado en previsión de posibles altercados, nena, más te vale estar lista cuando empiecen las cargas. Vandalismo pegajoso en tus piernas, vandalismo ahogado en mi boca. Graves disturbios, degenerando por momentos. Puedo mejorar la oferta.

Quemaría TRES Starbucks. El primero por ti, el segundo por la resistencia pacífica, y el tercero por vandalismo.

Una turba de dos generando graves desperfectos en el mobiliario urbano bajo la ropa, una conga no autorizada y fuera de control. Dos elementos subversivos pervirtiendo el orden establecido y desafiando con saña a la autoridad de las buenas Costumbres Sanas y Limpias, dos vándalos incendiando la ciudad. Fuerzas represivas entre cuerpos comprimidos, el sistema nos odia, nena, follemos como disidentes. Es lo que nos queda.

Algo parece haber cambiado. Algo en el fondo, en el entorno, en el contexto. Como si hubiera una leve niebla. O mejor como si ya no la hubiera. De repente hay muchos más factores que considerar. Consecuencias que medir antes de actuar. Ya no más momentos aislados. Cada algo es parte de un todo ahora. De repente un propósito.

-¿Conoces la historia de Rodney Jackson, hijo? -esta vez el fantasma de Tom Waits viene con una vieja guitarra de cuerdas oxidadas. El Sr. Perla hace tiempo que no se sorprende con estas apariciones espectrales. Al principio le chocaba que se le apareciera el fantasma de alguien que, según los datos disponibles, sigue vivo y creando, pero con el tiempo el asunto ha dejado de tener importancia. Aparece de vez en cuando, charla un rato con él, y se va. Cosas más extrañas y decididamente peores ocurren día sí día también. -El tipo quería ser un bluesman -Tom acompaña la última palabra con un acorde que suena a polvo-. Conocía la leyenda y conocía el lugar, así que dirigió sus pasos hacia un cruce de caminos en mitad de la nada, allí donde la vieja autopista 8, un camino de tierra que nadie recorre, paralelo a la actual autopista 8, se cruza con Dockery Road. No demasiado lejos de Seatle, para que te sitúes. -Hace años el Sr Perla llegó incluso a escribir al Tom Waits real, inquiriendo si, por algún casual no tendría noticia el señor Waits de que su yo espectral andaba apareciendose a don nadies por ahí, o como mínimo a un don nadie. Muy amable, el Sr. Waits le respondió que le parecía todo muy bien pero justo le pillaba en uno de sus experimentos de meteorología emocional masiva y no pensaba prestar más atención la misiva, con lo que el asunto quedó zanjado y no resuelto. -El tipo se plantó allí una noche sin luna y esperó. Conocía la leyenda, ahora vendría un tipo negro y grande, Satan encarnado, enorme, tomaría su guitarra para afinarla y fin. Rodney abandonaría aquel camino de tierra rumbo al resto de su vida de éxitos, tetas y billetes, todo a cambio de su alma eterna. Fácil. Así que el tipo esperó. Y efectivamente vino un hombre negro, aunque no demasiado grande. Más bien tirando a enclenque. Que pareció tener más problemas de los esperados afinando la guitarra. Entre tú y yo, aquel tipo tenía de Satán lo que tú o yo, y Rodney amaneció con una guitarra afinada regular y conociendo un acorde más que la noche antes. Conociendo un solo acorde, de hecho, uno disonante y un pelín ominoso. Tal vez el diablo se había tomado la noche libre, porque el pobre Rodney solo llegó a componer una canción. Con un solo acorde, monótona. Cuentan los que la llegaron a escuchar que de aburrida daban ganas de suicidarse. Encontraron al pobre desgraciado muerto en un recodo del Mississippi, cerca de Clarcksdale. Una pena. Hay cierto consenso en que fue el peor bluesman de la historia, pese a saber de primera mano qué es el blues. -Tom hace sonar otro acorde, aparta la guitarra y teatralmente acerca su cabeza a la del Sr. Perla, compartiendo un secreto. -. El blues es intentar vender tu alma al diablo la noche que éste ha decidido tomarse libre.

Tras susurrar estas últimas palabras, Tom se lleva la mano al sombrero negro, a modo de saludo, y mientras compone una media sonrisa comienza a fundirse y ya no queda más que un eco de su imagen. Disonante y un pelín ominoso. como el principio de algo.

El mojo adecuado

Posted: 17 febrero, 2012 in Contextos, rituales
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En el caso que exista alguna estadística al respecto lo más probable es que sus resultados sean claros y contundentes: La mayoría absoluta de las personas supuestamente encuestadas (tan absoluta que rozaría la unanimidad), de encontrarse en la inconcreta y seguramente algo borrosa situación de verse obligados a elegir sin duda optarían por la opción A, y solo algún despistado (o alguien con motivos ocultos) se decantaría por la B, siendo la opción A “Comenzar y encabezar una conga” y la B “Ser final y/o cierre de conga”. Parece lógico, comenzar una conga sitúa inmediatamente al responsable en el centro espiritual de un ambiente en principio lúdico-festivo (la conga-protesta no es demasiado popular estos días, incomprensiblemente), hace variar los equilibrios de poder preexistentes (fenómeno que conlleva un aumento significativo en las posibilidades de establecer algún tipo de contacto sexual con alguna otra persona en los momentos posteriores a la conga) y en general es caldo de pollo para el ego. Todo son ventajas.

Y sin embargo, si el Sr. Perla se hayase, o, mejor dicho, cuando el Sr. Perla se haya, dada su extraña propensión a frecuentar inconcretas y algo borrosas situaciones, ante tal dilema su respuesta siempre es la misma. Es una persona de opciones B. Y no es por despiste.

El Sr. Perla conoce el poder de una conga. Algo que surge por generación espontánea en ciertos entornos y que en cuestión de segundos puede haber aumentado su tamaño diez, quince o cuarenta veces es algo con poder. Pero que tal como llega se va, difuminándose y fundiéndose en la nada como lágrimas en la lluvia y bla bla bla. El gozo generado por el flow compartido, la excitación pura de sentir unas manos en el culo y un culo entre las manos, demasiada energia desperdiciada. Y todo por no saber cerrar una conga. Por culpa del sistema, seguramente, Los Que Mandan deben llevar siglos conspirando para ocultar el terrible secreto, por la cuenta que les trae. Una conga bien cerrada por alguien con el mojo adecuado, fuera de control, no entiende de recortes, solo de seguir devorando adeptos, crecer y acumular. El gozo y la excitación fluyen por el circuito, de mano a culo y de culo a mano otra vez, el cierre evita la dispersión porque mucho mejor la retroalimentación de energías gozosas. El roce hace el cariño, y también la calentura. Temperatura, ritmo, roce y mucha gente. Con el tiempo de cocción adecuado (pasados los primeros y críticos quince segundos de una conga, los niveles de energías gozosas crecen de manera exponencial), una conga es el metafórico Palo de sudor, lascivia, ritmo y caos que se introduce por los engranajes del culo del Mundo Exterior (llegado un punto, una conga es autónoma y básicamente autosuficiente al menos durante varias horas. Llegados ahí, todo lo que no es La Conga es Mundo Exterior), y que si bien dada su naturaleza no material más allá de los cuerpos físicos que la componen tampoco es que vaya a romper nada importante, al ser su antinaturaleza metafórica el equivalente sexy de un lanzagranadas sí es habitual que cunda el desánimo y los retrasos sean algo más frecuentes en un radio de varios kilómetros a la redonda durantes los días inmediatamente posteriores a La Conga. Y todos sabemos (o deberíamos saber) lo poco que le gustan los retrasos al Señor Tic Tac.

Con el mojo adecuado, el cierre de conga (o final de conga) sería el catalizador ideal de Eventos y Acontecimientos Importantes (y divertidos con posibilidad de sexo, no hay que olvidar que una conga comienza con unas manos agarrando un culo), y tal vez por eso Los Que Mandan han puesto todo su empeño en dotar de carisma ganador al iniciador de una conga para sumir en el olvido de los perdedores al que la cierra, semidiscriminado, el suyo el único culo sin manos que lo agarren.

El Sr. Perla tiene su mojo a punto. Y un plan.

La preocupante falta de swing que muestran estos inicios de año parece indicar que el descenso relativo en Congas Espontáneas experimentado en las últimas semanas del año recientemente finado se verá incluso acentuado a corto y medio plazo, ya que la subida del IRPF no parece a priori un motivador conguil adecuado dadas las circunstancias. Y el clima en la ciudad tampoco es que ayude. La borrasca que con efectos retroactivos ha sacudido emocionalmente la ciudad los primeros días del año, con chubascos puntuales en esquinas poco transitadas y algún proceso tormentoso de intensidad entre alta y ciclónica en algunos sectores especialmente sensibles a las variaciones en la presión animosférica, ha dejado secuelas tristonas all around town, y aunque cierto es que hay zonas más y menos afectadas, no lo es menos que la niebla sí ha sido generalizada, emborronando paisaje y sentido común por igual, lo que si bien da lugar a situaciones ciertamente singulares, ya por divertidas, ya por extrañas, ya por ridículas, ya por todo lo anterior, ya por algo completamente distinto, lo que resulta innegable es que humedece (esa humedad que en breve será pegajosa) y enfría los ánimos. Por fortuna, aunque han abundado las crisis uni o pluripersonales por motivos climáticos no parecen haberse registrado todavía víctimas mortales. Algún lloro aislado y puntual y fuera de lugar (con una humedad relativa del 75% las lágrimas son redundantes), que sinceramente no ayudan nada a mantener la sensación térmica, ya suficientemente bajonera sin ayuda.

Y ese es el problema, la jodida y (sí, ya, otra vez) bajonera sensación térmica. El Sr. Perla no termina de decidirse. ¿Qué cantidad de capas (y qué grado de impermeabilidad relativa deben estas poseer)  debe utilizar en su peregrinación diaria en pos de lo normal? La prudencia aconseja ajustarse a los tiempos, ser conservador y abrigarse bien, gorrito, guantes, jersey  grueso y todo el equipo. Por otra parte, su ka-boom interior envía lo que parecen ser señales prometedoras, (aunque tampoco sería la primera vez que confunde unos gases con señales del destino), y esto es lo que termina de convencerle. It don’t mean a thing if it ain’t got swing, así que reduce las capas al mínimo y la impermeabilidad de las mismas ni se tiene en cuenta. Si hay que mojarse, por Coltrane que se mojará. Y si hay algo que se pueda hacer con respecto a ese descendente índice conguil, por Celia Cruz que se hará. El ka-boom interior manda. Y si son gases, mala suerte.

La maniobra es complicada, eso lo sabe bien el Sr. Perla. Tan solo dos veces en toda su vida ha conseguido finalizarla con algo parecido a un no fracaso (en 1989-90, el primer año en que se afeitó, no se sabe a ciencia cierta si influyó en algo para el resultado final, pero es un dato, y en 2008-09, en unas condiciones difícilmente duplicables y explicables, y mucho menos descriptibles), pero tiene grandes esperanzas depositadas en este intento. Habiendo sido un año extraño en general no puede menos que terminar de manera anómala, razona el Sr. Perla, y las anomalías llevan más de trescientos días formando parte de su contexto habitual, y si bien tienden a ser poco manejables sí pueden ser surfeadas con mayor o menor salero (o esquivadas, pero eso es de cobardes). Y siempre teniendo claro que por su propio carácter intrínsecamente imprevisible (y su naturaleza imprevista, fruto de puntadas desatinadas en el tejido de la realidad. Accidentes narrativos.) el único final posible es ser arrollado al primer error. Que inevitablemente acontecerá. Pero cuando el flow no es suficiente siempre puedes recurrir al groove, piensa el Sr. Perla, y si el mejor resultado posible es un empate, siempre puedes intentar hacerlo con clase. Al final todo pasa por la actitud.

Así que coincidiendo con las primeras campanadas de fin de año, los cuartos o nosequemierda, el Sr, Perla abandona la posición del loto, en la que lleva varado cerca de tres cuartos de hora intentando vaciar la mente de todo pensamiento que en el momento clave pudiera provocar tan siquiera la más leve sombra del más pequeño atisbo de lo que debidamente regado y abonado pudiera llegar a ser una pequeña duda, una dudita, y se incorpora. Con las dos primeras de las campanadas propiamente dichas, que el Sr. Perla no escucha (ningún aparato eléctrico funciona en casa esta noche, la experiencia ha demostrado que ante maniobras de este tipo no es conveniente la circulación de electrones a gran velocidad por cables de cobre ya que por algún motivo desconocido suelen generar distorsiones en la necesaria conexión mente-tejido de la realidad) sino siente, fruto de la comunión con el Gran Reloj de Arena del Universo a Este Lado de la Realidad, agarra con la mano izquierda un porro a medio consumir y con la derecha un vasito con algo de tequila (no es imprescincible para la maniobra, pero al Sr. Perla le gusta y reconforta un traguito de vez en cuando, y al fin y al cabo lo de hoy es una fiesta). Las siguientes dos campanadas, ya con el Sr. Perla en pie, marcan el trago y la chupada al cigarro tuneado, las tres siguientes son tres respiraciones profundas. Las tres siguientes dan la impresión de sonar (o ser sentidas) dubitativas, como medio tono por debajo de lo normal, mientras el Sr. Perla se lleva las manos, primero al cinturón, a continuación al primer botón del pantalón, luego al segundo. La penúltima es algo más aguda, como temiendo la tragedia. La última, el Sr. Perla rompiendo a sudar por la tensión y concentración del momento, es víctima de la maniobra, y de alguna manera científicamente imposible se mantiene en el tiempo coincidiendo con el alumbramiento del rasurado para la ocasión trasero del Sr, Perla, que por fin ha conseguido finalizar con éxito el Calvo Polisémico Multitemporal, un calvo simultáneo al año que se va y al que viene, un calvo con distinto significado para cada uno de ellos. Un calvo que dice, en esa fracción infinitesimal de una milésima de segundo en que el año viejo hace un gimme five al nuevo, el momento justo del “splash” o como coño suene una palmada ejecutada por manos pertenecientes a entidades separadas, “en lo personal has sido raro, en lo general directamente despreciable” al año que termina JUSTO EN ESE MOMENTO y “Vamos a tener que soportarnos una temporada, y aunque eso no tiene que ser bueno ni malo de por sí tengo el pálpito de que vienes con intenciones nefandas, si me equivoco me disculpo, pero por si acaso, CONTEMPLA MI CULO”. Un crujido espaciotemporal (más temporal que espacial en este caso concreto) después, que suena entre sorprendido e indeciso, con una generosa ración de incomprensión cósmica a modo de reverberación, todo ha terminado. Así que tras soplar el cañón del metafórico revolver recién disparado, el Sr. Perla se sube los pantalones, hace una reverencia al universo en general no exenta de ironía, y sale a la calle. Ahora tiene algo que celebrar.

Desconciertos

Posted: 17 diciembre, 2011 in intrascendencias

- Nos encontraremos por ahí.
-Eso espero

Callejear

Posted: 7 diciembre, 2011 in Contextos
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En el recibidor hay un perchero del que cuelga la bufanda de estar por casa del Sr. Perla, que justo sale, no se sabe bien si para huír del frío hogareño o para alcanzar el calor del bar. En cualquier caso, la calle espera, y como persona inadecuada en ciertas ocasiones, pero fundamentalmente educada y respetuosa, sobre todo con las calles (feas en su mayoría pero no por ello menos dignas de un semidespectivo respeto, el tipo de respeto que se siente por algo a lo que puedes escupir con cariño), no se hace de rogar. El gris de su calle da paso al ocre de su barrio, y éste a un blanco y negro tirando a borroso (con cuervos que, de vez en cuando, aparecen por el blanco y se funden en el negro) según le acercan sus pasos al Instituto de curas (al Sr. Perla le gusta llamarlo Instituto Miskatonik), justo después de atravesar el fogonazo verde del Parque Central (por la parte de los árboles, no por la de cemento. Ahí no hay fogonazo verde que valga). Todo apunta a que ese blando y negro tirando a borroso será el contexto ambiental que le acompañe el resto de la velada.

Mientras camina, el Sr. Perla piensa en tres cosas que no le hacen excesiva gracia:

1.- Los tipos llamados Lope. No por nada, no hay motivos claros, más allá de un odio irracional. Lope. Lope. Suena odioso, piensa. Lope. Puaj.

2.- Pasar al lado del instituto cuando el ambiente está blanco y nego tirando a borroso. Porque se confunden las sombras con las esquinas que sobresalen (extraña la arquitectura de este antro del saber) aparentemente al azar. Y repentinamente, en opinión del Sr. Perla.

3.- Las rubias. No todas las rubias, claro, solo ALGUNAS rubias. No por el hecho de ser rubias, evidentemente, pero sobre eso ya volveremos más adelante. O no, quién sabe qué nos deparará el futuro (aparte de promesas en su mayoría incumplidas y recuerdos mayormente reguleros).

Así que en una maniobra coherente y no demasiado arriesgada a priori, decide que mejor continuar su aproximación al bar (por supuesto, dónde ir si no) por la calle principal, evitando las aristas más complicadas del instituto pero cruzándose a cambio con mucha gente, algunas personas y oh, mierda, una rubia. Una de ESAS rubias. La gabardina de invisibilidad está en casa, y el ambiente contextual está más blanco que negro, y no demasiado borroso en estos momentos, así que la confrontación se torna inevitable. Y la miradas chocan, y dura solo un segundo, y una expresión culpable dice que el Sr. Perla ha evitado el escollo, y si fueran dos samurais él cruzaría primero el puente, aunque un segmento del intestino (juraría que del delgado) se le ha desplazado un centímetro a la izquierda. Para cuando arriba a su destino, casi todo está en orden otra vez.

Y el agujero amarillo en medio del más negro que blanco y bastante borroso ya llena de luz el vaso, de plástico, el Sr. Perla es de la opinión que se bebe mejor en la calle, que no hay mejor asiento que un escalón de la plaza ni mejor compañía que la de toda la vida, sobre todo cuando el contexto ambiental es tan borroso y más tirando al negro que al blanco. Delante unas tejedoras bordan villancicos bomba, detrás alguien habla con un árbol que no da muestras de comprender el discurso, que siendo justos está siendo bastante espeso, pero tampoco de no hacerlo, y entre cañas y cigarros tuneados al fresco, el Sr. Perla medita sobre la sutil, borrosa como el ambiente de la noche, diferencia entre bohemia y golferío, hasta que en la enésima peregrinación en pos de un vaso lleno, cuando está a punto de concluir que, si existe, tal diferencia tiene que ver seguro, seguro, con bufandas y boinas, su mirada se topa con el televisor encima de la barra. Se topa, más concretamente, con la imagen de una señora con cara de cuervo llorando, y piensa que el mundo no debe ir tan mal si hay políticos llorando al mismo tiempo que él ve cada vez más borroso, y pide un chupito para acompañar la cerveza, afirma en silencio (para no cortar el flow al chico que toca la guitarra un poco más al fondo, o porque no quiere que le confundan con el tipo que sigue hablando con el árbol, a saber) que nada hay más despreciable que la gente que hace “lo que hay que hacer” en vez de “lo correcto”. Y con el estómago calentito por el whishki, el Sr. Perla emprende el regreso al hogar pensando  cuánto debe apestar llamarse Lope.

Y Silbando, probablemente.

Nada es más importante que saber dónde estás, conocer tu lugar en el Gran Orden de las Cosas, aunque solo sea por ese sentimiento tan catalán de ahorrar en brújulas y mapas metafísicos o esquemas de la Realidad con el fin de orientarse. Por eso, por una vez y sin que sirva de precedente (o sí, ahorrar en brújulas hace que el viaje sea imprevisible) pasemos a la primera persona del singular.

Un saludo, les habla (escribe, pero ya me entienden) el contador. Alguien que no debería tener entidad ni importancia (de intrascendencias, recuerden) alguna en esta historia más allá de traducir la extraña existencia del Sr. Perla en términos comprensibles para el común de los mortales (es una manera de hablar (escribir), no es común ni mucho menos estar leyendo ésto. El hecho de hacerlo les convierte en parte de una minoría, sépanlo desde ya y ahórrense futuros disgustos. Lo de que sean mortales es una mera presunción, no tengo pruebas definitivas de que sea así en todos los casos, por lo que podría darse el ídem de que alguno de ustedes ni sea común ni mortal. Piensen en ello.).

Han pasado horas desde esa bacanal de hip-hop y palomitas, espasmos, cervezas, cumbia y calvas enceradas, pero el Sr Perla no consigue borrar esas imágenes de su cabeza, que se van precipitando a flashes desordenados, cada vez más rápidos, más violentos. El pequeño gato negro está recostado en la misma postura de la noche anterior, escondiendo parte de la cabeza bajo la manta del sofá y dejando caer una pata a un lado. Casi se podría creer que se trata de una postura de consciente impertinencia (sé lo que ocurre a mi alrededor, yo también he visto el debate, pero, ventajas de ser gato, estoy por encima de vuestra bípedas gilipolleces). Si no fuera por los (merecidos, según la pequeña pantera) zarpazos que el Sr Perla se ha ganado en algun momento del día por olvidar darle de comer cuando gentilmente él se lo había exigido, pensaría que ese gato había conseguido llegar a un estado supremo de meditación, que por lo visto se manifiesta con la más absoluta inmovilidad (eh, que no es el Sr Perla el que elige el estado alfa de un gato!). De repente el babuino loco y el salmón salsero invaden de nuevo su mente y de un brinco, sin apenas darle tiempo a la pantera de mover media ceja, cierra la puerta tras de sí y empieza a andar. Sabe perfectamente que no ha avisado al contador de intrascendencias de donde va, pero en realidad ni él mismo conoce el camino de sus pasos. Peligros que han de asumir los creadores de personajes, supone, y es que nunca puedes estar seguro de si el volumen que les das puede llegar a sobresalir de la historia.”

Utilizar un personaje de ficción como vehículo para semiarticular la extrañeza del mundo, que como la entropía va en aumento, solo miren a su alrededor si no me creen y díganme que lo que les rodea no es más extraño que hace unas semanas, les reto. Les reto DOS veces. El mundo es tan extraño que la ficción ha contaminado irremediablemente mi realidad, falseando también mi vida. Verdades universales han sido refutadas. El Sr. Perla, por aquello de haber nacido y habitar principalmente en mi cabeza debía ser una herramienta, un medio y una excusa, y se ha convertido en un ente.

Vendría a ser como esas personitas encerradas en esferas gigantes; cuando dan uno, dos o hasta tres pasos los dan sobre firme, pero el cuarto empieza a hacer rodar la esfera a su alrededor, y el quinto, y el sexto generan una fuerza de aceleración que hace difícil, desde fuera, recuperar el control.  Al Sr Perla se le queda atrapada una sonrisa en la comisura de los labios al imaginar al contador de intrascendencias arrollado por su imponente, enorme y blanca esfera, más teniendo en cuenta que el pueblo donde viven tiene algunas calles que ni San Francisco. El Sr Perla sigue andando, dejando que sean sus pies los que decidan en cada cruce. Y lo cierto es que es bien sabido por todo el mundo que los pies de los personajes del contador de intrascendencias tienen una clarividencia única así que bastan solo 6 intersecciones para llegar. Y ahí están, miles de millones de hilos de algodón, de poco más de 3mm de diámetro, fucsias, naranjas, verdes y morados, enlazándose entre sí, parasitando todas las esquinas del edificio. Sin saber de donde nacen y donde mueren consiguen ir tejiendo una suerte de manos hilachadas que cubren por completo la fachada. Pero, con su evangélico don de joder todos los buenos momentos, la Iglesia blande con fuerza sus campanas, para recordarle al mundo su realidad (la de la iglesia, claro está). Asustadas, uno a uno se van desenraizando las hebras y caen las madejas de colores sobre los pies del Sr Perla.”

Por dos veces ha esquivado el escrutinio neuronal al que, pensaba yo, se encuentra constantemente el Sr. Perla en lo más profundo del laberinto cerebral, tan dentro de mi cabeza que el rincón que habita no es casi ni cerebro. La primera, entrecomillada, sienta las bases. La naturaleza promiscua e independiente del Sr. Perla no tiene suficiente con un contador para ser descifrada, eso parece claro. Más aún cuando la siguiente infidelidad lo es ya pública.

Cuando entra por la puerta descubre que el contador de intrascendencias no ha llegado aún a casa. En realidad lo prefiere, le tiene demasiada estima para tener que verlo diminuto y aplastado en algun punto perdido de su esfera blanca. Distraido en esa imagen, el Sr Perla no se ha dado cuenta aun que la panterita empieza a perseguirlo por el pasillo, y es que si hay algo que seguro puede devolver a un gato al plano beta del resto de los mortales, es, sin duda, el hilo morado que, insolente, demuestra haber escapado del asfixiante control de la madeja y se asoma por el bolsillo del pantalón del Sr Perla.”

Incontenible, parece sencillo para el Sr. Perla moverse por las sendas de lucecitas de colores que unen los servidores (decorados seguramente con sus propias lucecitas que se encienden y apagan a destiempo, de colorines variados pero inexplicablemente homogéneos. Estresantes lucecitas navideñas, seguramente), cual araña sin gabardina y no especialmente bien peinada patinando por una red ajena. De este blog Y mi ego de creador se resiente, a todos nos gusta ser narradores omniscientes, y creedme, es jodido perder el control de cosas que ocurren dentro de la cabeza de uno. Pero poco hay que pueda hacer. La realidad, aunque falseada y difusa como es a veces, tiene el peso de lo medianamente tangible, y si el Sr. Perla se siente inabarcable y compartible poco remedio me quedará aparte que alabarle el buen gusto a la hora de elegir contadores de su historia y asumir que, efectivamente, aunque creador, no tengo la menor entidad ni importancia más allá de traducir pequeñas porciones, incompletas y, visto lo visto, inevitablemente limitadas, del pasar por la vida con flow y sin ver las cosas claras que es la historia (de amor y de bares y de ninjas y de paseos, se verá con el tiempo, SPOILER) del Sr. Perla.

El texto entrecomillado, cortesía de la Srta. Amatista lleva veinte días descansando en la carpeta de “Recibidos” del correo, primera infidelidad.

La segunda, más pública y desvergonzada, rodeándose de monstruos y generando reflejos, AQUÍ.

Contra los malos augurios

Posted: 24 noviembre, 2011 in intrascendencias
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Cuervos observan al Sr, Perla cuando pisa la calle por primera vez desde el advenimiento de la nueva legislatura, con su nuevo equipo ejecutivo con sus nuevos miembros y todo el equipamiento completo que deja la fiesta de la democracia tras de sí, de la misma manera que otras fiestas dejan vasos vacíos, colillas en el suelo o despertares sorpresivos. Seguramente, medita, forme parte de la idiosincrasia de las fiestas el dejar algo tras de sí. Algo que generalmente no huele muy bien. Los cuervos, sí. Tampoco es que preocupen demasiado al Sr. Perla. Ahora mismo se encuentran bastante por debajo en su lista de preocupaciones de, por ejemplo, el dolor de cabeza como si alguien masajeara mal su cerebro. O el hecho de que hace unos minutos que es completa, absoluta y dolorosamente consciente de sus intestinos, y tampoco es plan inaugurar la legislatura con un democrático ñordo callejero. .. Porque la democracia, como fiesta está bien (el Sr. Perla recuerda strippers, serpentinas y gente disfrazada de pokemon en el colegio electoral, a los fantasmas del pacman flotando por toda la sala, no está claro si para controlar el proceso o para tener vigiladas todas las salidas del laberinto, y, dolorosamente, recuerda el garrafón. Mucho garrafón), pero la resaca dura tres o cuatro años. Y la resaca le vuelve irritable, y por eso no podrian importarle menos esos putos pajarracos negros con sus jodidas alas negras y sus tópicos malos augurios, como si los hubiera de otro tipo para alguien siempre en minoría. Como si todo no se limitara a seguir esquivando

Con una cerveza al alcance de la mano derecha, un bol de palomitas a la izquierda, los pies encima de la mesa, un gato en el regazo y otro luchando contra algúna amenaza invisible, del tipo que solo puede ser derrotada con acrobacias, carreras histéricas, zarpazos al aire y algún maullido autoritario, el Sr. Perla se dispone a ver el debate electoral. No es que sienta demasiado interés, pese a la presencia de palomitas en la escena, no es una persona demasiado política el Sr. Perla, y si una cosa tiene clara a priori es que no se fía de ninguno de los dos contendientes principales, por lo que no es que se esté jugando su voto ni nada parecido. Es más bien una pizca de curiosidad por la clase de lunático que le va a intentar joder la existencia durante los próximos cuatro años. No es que vaya a cambiar nada, pero le gusta estar algo informado.

En la pantalla, el moderador del debate dice algo que no importa, y los dos candidatos le ríen el chiste. Mientras se va abriendo el plano, los contrincantes se dirigen a sus respectivas posiciones. La música suena y Rajoy comienza a mover las caderas, los brazos en jarras y sonrisa de suficiencia, chulo chulo. Rubalcaba no se amilana, y tras provocar un pequeño disturbio entre su equipo estético al colocarse la corbata a modo de cinta alrededor de la frente (se escucha un grito de pánico, y según subtítulos que pasan a toda velocidad, una de las responsables de vestuario del candidato sufre un desmayo), pasa al ataque con unos, se nota, muy ensayados pasos hip hop-eros, bien ejecutados en lo técnico pero tal vez algo faltos de flow que, no obstante, dejan a las claras las intenciones del candidato. Vengo a por ti, Marianico, parecen decir sus saltitos algo fuera de ritmo. A partir de aquí se desata la locura, y todo es vértigo. Mariano se en un maremoto de pasos, saltos, giros y acrobacias poco arriesgadas pero efectivas, al menos tan efectivas como pueden resultar tales acrobacias si son ejecutadas por alguien como Mariano. Que, no obstante, lo intenta. Alfredo responde con un huracán de giros de pierna, caderazos sincopados y un aluvión de saltos y aberturas de piernas que por momentos hacen temer lo peor. Está desatado. No desatado como Camilo Sesto cantando vivir así es morir de amor, pero casi a los niveles de un Raphael sin capa, para entendernos. Intensidad máxima, aunque un pequeño punto de torpeza no desaparece en ningún momento. La cosa sigue en los mismos términos, con pequeñas variaciones según uno u otro consiguen algo de ventaja, durante un rato más. El cansancio parece estar empezando a hacer mella en ambos. Sea lo que sea, el próximo presidente del gobierno no resistiría una noche entera de fiesta, y eso no puede ser bueno, razona el Sr. Perla. Los candidatos parecen no saber dónde tienen que mirar a estas alturas del duelo que hace rato trascendió lo político para convertirse en algo puramente personal. El orgullo del ritmo, más que una futura e hipotética presidencia del reino, es lo que les mueve, el puro deseo de saberse el más saleroso. Hace rato que se han dejado de moderneces y es el cha cha cha y la cumbia lo que marca el tono del diálogo, sus cada vez más cansados músculos peligrosamente cerca del fallo crítico. Es entonces, cuando les quedan fuerzas para medio, tres cuartos de minuto como mucho de simular que hacen algo parecido a moverse, cuando se da el momento más extraño de toda la noche. En los últimos dos minutos, los pasos de ambos candidatos han ido acompasándose poco a poco. Imperceptiblemente al principio, un taconazo de Rajoy coincide con un chasquido de dedos de Rubalcaba, en el siguiente compás ambos dan palmas al mismo tiempo, y progresivamente sus bailes van ajustándose y adaptándose hasta que, sorpresivamente, durante un segundo se acercan, juntan las puntas de sus dedos a media altura y se miran a los ojos. Intensamente, una acero azul. Casi se oye chisporrotear a los pobres electrones que osan cruzarse por esa mirada. Por un microsegundo parece que van a besarse, pero por suerte ambos recapacitan. A partir de ese momento, a la falta de flow y el cansancio, al baile se suma un componente de incomodidad bastante palpable hasta el final, que afortunadamente para todos, asesores de ambos bandos incluídos, llega rápido.

El Sr. Perla no tiene claro si ha sacado algo en ídem de este debate o no. Que sea quien sea el presidente adolezca de una pequeña, aunque quién sabe si decisiva dados los tiempos que vivimos, falta de flow es preocupante, y tanto ver a Rubalcaba hip hop-eando como ver a Rajoy bailando cumbia ha sido ciertamente perturbador, pero más allá de eso no acaba de verle la utilidad a todo este circo. Si al menos hubiera tenido un formato algo más faltón, algo así como una contienda de réplicas a lo Monkey Island… Es bueno tener un presidente ocurrente, eso es un hecho. Y divertido, piensa el Sr. Perla mientras apaga el televisor. Pero mejor aún, razona mientras lleva el bol vacío a la cocina y la lata de cerveza al cubo de basura, es tener un gato, aunque sea pequeño y negro, que te proteja de amenazas invisibles. Eso no se paga con dinero.