Nada es más importante que saber dónde estás, conocer tu lugar en el Gran Orden de las Cosas, aunque solo sea por ese sentimiento tan catalán de ahorrar en brújulas y mapas metafísicos o esquemas de la Realidad con el fin de orientarse. Por eso, por una vez y sin que sirva de precedente (o sí, ahorrar en brújulas hace que el viaje sea imprevisible) pasemos a la primera persona del singular.
Un saludo, les habla (escribe, pero ya me entienden) el contador. Alguien que no debería tener entidad ni importancia (de intrascendencias, recuerden) alguna en esta historia más allá de traducir la extraña existencia del Sr. Perla en términos comprensibles para el común de los mortales (es una manera de hablar (escribir), no es común ni mucho menos estar leyendo ésto. El hecho de hacerlo les convierte en parte de una minoría, sépanlo desde ya y ahórrense futuros disgustos. Lo de que sean mortales es una mera presunción, no tengo pruebas definitivas de que sea así en todos los casos, por lo que podría darse el ídem de que alguno de ustedes ni sea común ni mortal. Piensen en ello.).
“Han pasado horas desde esa bacanal de hip-hop y palomitas, espasmos, cervezas, cumbia y calvas enceradas, pero el Sr Perla no consigue borrar esas imágenes de su cabeza, que se van precipitando a flashes desordenados, cada vez más rápidos, más violentos. El pequeño gato negro está recostado en la misma postura de la noche anterior, escondiendo parte de la cabeza bajo la manta del sofá y dejando caer una pata a un lado. Casi se podría creer que se trata de una postura de consciente impertinencia (sé lo que ocurre a mi alrededor, yo también he visto el debate, pero, ventajas de ser gato, estoy por encima de vuestra bípedas gilipolleces). Si no fuera por los (merecidos, según la pequeña pantera) zarpazos que el Sr Perla se ha ganado en algun momento del día por olvidar darle de comer cuando gentilmente él se lo había exigido, pensaría que ese gato había conseguido llegar a un estado supremo de meditación, que por lo visto se manifiesta con la más absoluta inmovilidad (eh, que no es el Sr Perla el que elige el estado alfa de un gato!). De repente el babuino loco y el salmón salsero invaden de nuevo su mente y de un brinco, sin apenas darle tiempo a la pantera de mover media ceja, cierra la puerta tras de sí y empieza a andar. Sabe perfectamente que no ha avisado al contador de intrascendencias de donde va, pero en realidad ni él mismo conoce el camino de sus pasos. Peligros que han de asumir los creadores de personajes, supone, y es que nunca puedes estar seguro de si el volumen que les das puede llegar a sobresalir de la historia.”
Utilizar un personaje de ficción como vehículo para semiarticular la extrañeza del mundo, que como la entropía va en aumento, solo miren a su alrededor si no me creen y díganme que lo que les rodea no es más extraño que hace unas semanas, les reto. Les reto DOS veces. El mundo es tan extraño que la ficción ha contaminado irremediablemente mi realidad, falseando también mi vida. Verdades universales han sido refutadas. El Sr. Perla, por aquello de haber nacido y habitar principalmente en mi cabeza debía ser una herramienta, un medio y una excusa, y se ha convertido en un ente.
“Vendría a ser como esas personitas encerradas en esferas gigantes; cuando dan uno, dos o hasta tres pasos los dan sobre firme, pero el cuarto empieza a hacer rodar la esfera a su alrededor, y el quinto, y el sexto generan una fuerza de aceleración que hace difícil, desde fuera, recuperar el control. Al Sr Perla se le queda atrapada una sonrisa en la comisura de los labios al imaginar al contador de intrascendencias arrollado por su imponente, enorme y blanca esfera, más teniendo en cuenta que el pueblo donde viven tiene algunas calles que ni San Francisco. El Sr Perla sigue andando, dejando que sean sus pies los que decidan en cada cruce. Y lo cierto es que es bien sabido por todo el mundo que los pies de los personajes del contador de intrascendencias tienen una clarividencia única así que bastan solo 6 intersecciones para llegar. Y ahí están, miles de millones de hilos de algodón, de poco más de 3mm de diámetro, fucsias, naranjas, verdes y morados, enlazándose entre sí, parasitando todas las esquinas del edificio. Sin saber de donde nacen y donde mueren consiguen ir tejiendo una suerte de manos hilachadas que cubren por completo la fachada. Pero, con su evangélico don de joder todos los buenos momentos, la Iglesia blande con fuerza sus campanas, para recordarle al mundo su realidad (la de la iglesia, claro está). Asustadas, uno a uno se van desenraizando las hebras y caen las madejas de colores sobre los pies del Sr Perla.”
Por dos veces ha esquivado el escrutinio neuronal al que, pensaba yo, se encuentra constantemente el Sr. Perla en lo más profundo del laberinto cerebral, tan dentro de mi cabeza que el rincón que habita no es casi ni cerebro. La primera, entrecomillada, sienta las bases. La naturaleza promiscua e independiente del Sr. Perla no tiene suficiente con un contador para ser descifrada, eso parece claro. Más aún cuando la siguiente infidelidad lo es ya pública.
“Cuando entra por la puerta descubre que el contador de intrascendencias no ha llegado aún a casa. En realidad lo prefiere, le tiene demasiada estima para tener que verlo diminuto y aplastado en algun punto perdido de su esfera blanca. Distraido en esa imagen, el Sr Perla no se ha dado cuenta aun que la panterita empieza a perseguirlo por el pasillo, y es que si hay algo que seguro puede devolver a un gato al plano beta del resto de los mortales, es, sin duda, el hilo morado que, insolente, demuestra haber escapado del asfixiante control de la madeja y se asoma por el bolsillo del pantalón del Sr Perla.”
Incontenible, parece sencillo para el Sr. Perla moverse por las sendas de lucecitas de colores que unen los servidores (decorados seguramente con sus propias lucecitas que se encienden y apagan a destiempo, de colorines variados pero inexplicablemente homogéneos. Estresantes lucecitas navideñas, seguramente), cual araña sin gabardina y no especialmente bien peinada patinando por una red ajena. De este blog Y mi ego de creador se resiente, a todos nos gusta ser narradores omniscientes, y creedme, es jodido perder el control de cosas que ocurren dentro de la cabeza de uno. Pero poco hay que pueda hacer. La realidad, aunque falseada y difusa como es a veces, tiene el peso de lo medianamente tangible, y si el Sr. Perla se siente inabarcable y compartible poco remedio me quedará aparte que alabarle el buen gusto a la hora de elegir contadores de su historia y asumir que, efectivamente, aunque creador, no tengo la menor entidad ni importancia más allá de traducir pequeñas porciones, incompletas y, visto lo visto, inevitablemente limitadas, del pasar por la vida con flow y sin ver las cosas claras que es la historia (de amor y de bares y de ninjas y de paseos, se verá con el tiempo, SPOILER) del Sr. Perla.
El texto entrecomillado, cortesía de la Srta. Amatista lleva veinte días descansando en la carpeta de “Recibidos” del correo, primera infidelidad.
La segunda, más pública y desvergonzada, rodeándose de monstruos y generando reflejos, AQUÍ.